Allá donde existe un conflicto, se da a la fuerza una situación de desigualdad de poder, en la que dos o más partes buscan debilitar a la(s) otra(s) por motivos económicos, estratégicos o de otra índole. No hace falta que hablemos necesariamente de hostilidades entre dos países o grupos con lenguas diferentes; la globalización implica que también la comunidad internacional esté presente en zonas de conflicto, por lo que siempre se precisarán personas que permitan la comunicación entre todas estas partes interesadas. Aquí es donde entran en juego los intérpretes en zonas de conflicto.
¿Quiénes son los intérpretes en zonas de conflicto?
Podríamos adscribir la figura de intérprete de guerra a la definición de intérprete no profesional, pues en gran parte son estos los que trabajan para las fuerzas armadas en zonas de conflicto. Pero, ¿un intérprete no profesional es lo contrario de un intérprete profesional?
Si acudimos a las diferentes asociaciones internacionales de intérpretes, veremos que coinciden en definir a los intérpretes profesionales como aquellos que se adhieren a un código deontológico, aquellos cuyas prácticas son éticas y que contribuyen a la formación, especialización y desarrollo profesional del gremio.
Por antagonismo, un intérprete no profesional debería ser aquel que no cumple con ninguno de los estándares anteriores, que ejerce la competencia desleal o el intrusismo laboral, o que perjudica a la profesión de cualquier otra forma. No obstante, no son conceptos opuestos, ya que, en muchas ocasiones, nos encontraremos con la definición de intérprete no profesional equiparada a la de intérprete improvisado o mediador.
Suele ocurrir que ni siquiera estos propios intérpretes ad hoc son conscientes de la naturaleza de sus tareas, de modo que tienden a obrar de acuerdo con la mejor de sus intenciones, sin reparar en que su actitud no se corresponde con la que adoptaría un profesional en su situación.
Por otro lado, a estos individuos se les encargan igualmente tareas que no serían responsabilidad de un intérprete profesional, como recuperar información para una de las partes, o aconsejar sobre la pertinencia de determinada operación, gracias a sus conocimientos de la zona. Quienes optan por ello denominan a estos individuos «asistentes lingüísticos» o fixers, lo cual es un evidente eufemismo para referirse a quienes representan los ojos y oídos de las tropas u organizaciones en zonas de conflicto.
En estos contextos bélicos, por lo general, el intérprete tampoco es plenamente consciente de que constituye un vínculo neutral en una situación de comunicación en la que ha de primar el entendimiento mutuo de las partes implicadas, y en la que jamás expresará su propia opinión. No obstante, ni siquiera los usuarios o «contratadores» tienen claras las pautas deontológicas que deberían seguir los intérpretes.
Podemos concluir, por consiguiente, que el único requisito, y a la vez, la aptitud más valiosa es el conocimiento de las lenguas tanto del lugar del conflicto como de la organización o ejército contratante.
Los primeros en sufrir represalias, los últimos en recibir ayuda
En definitiva, los intérpretes en zonas de conflicto suelen ser simplemente civiles que conocen las lenguas de las partes beligerantes. No suelen contar con una formación específica en interpretación, son figuras eminentemente prácticas que representan el punto de contacto entre las comunidades locales y los cuerpos militares desplegados, y también con las organizaciones humanitarias. No tienen ningún estatus privilegiado en el marco del conflicto ni van armados ni uniformados. Su trabajo consiste simple y llanamente en trasladar lo que una parte dice a la lengua de la otra, y viceversa. Se limitan a facilitar la comunicación, a garantizar que las partes puedan entenderse.
Su papel es a menudo crucial en lo referente al desarrollo de las operaciones, en la comunicación con la gente de a pie, los políticos, las organizaciones humanitarias y la prensa extranjera. Esta implicación a veces supone arriesgar la vida, dado que habitualmente se los considera delatores o colaboracionistas y se exponen a crueles represalias. En el marco de la resolución de conflictos, esta figura también se torna indispensable, ya sea a la hora de mantener negociaciones o de redactar tratados de paz.
La ambigüedad de denominaciones, y por lo tanto, de papeles (intérprete, mediador, fixer), no hace sino perpetuar el desconocimiento por parte del conjunto de la sociedad de la labor de un intérprete, a pesar de que éstos a los que nos referimos no sean «profesionales». Estos «asistentes» constituyen la parte más vulnerable de la guerra y se convierten rápidamente en blanco fácil para quienes buscan venganza por considerarlos traidores. A menudo, los intérpretes en las zonas de conflicto son los grandes olvidados, a pesar de que su trabajo sea fundamental para alcanzar acuerdos de paz y para asegurar que se puedan escuchar las voces de todas las partes implicadas.
¿Cuál es la solución?
La protección de los intérpretes en zonas de conflicto es una responsabilidad compartida. Los estados, las organizaciones internacionales y las organizaciones no gubernamentales tienen la obligación de protegerlos ante el altísimo riesgo de represalias al que están expuestos y de ofrecerles la posibilidad de solicitar asilo lejos del peligro. En definitiva, la comunidad internacional debe dar prioridad a su protección para que puedan vivir sin miedo.
Imagen de cabecera: israel palacio en Unsplash





