Retomamos el hilo de nuestro artículo anterior, en el que analizábamos las posibles consecuencias del uso de la traducción automática en el ámbito jurídico, para abordar desde otro ángulo la siempre candente cuestión de las tecnologías de la traducción.

El ser humano ha buscado durante siglos eliminar las barreras lingüísticas y universalizar la comunicación. Aspiramos a vivir un mundo en que todos nos comprendamos independientemente de cuál sea nuestra lengua materna. Un claro ejemplo de ello es el caso del esperanto, un (fallido) intento de lograr crear un idioma universal. El uso del inglés como lingua franca en prácticamente todos los ámbitos imaginables es otra muestra evidente de esta tendencia a la homogeneización comunicativa.

En cualquier caso, y como en muchos otros aspectos de la vida, recurrimos a la tecnología para dar respuesta a nuestros anhelos y, como no puede ser de otra manera, ésta logra contentarnos (casi) siempre. En el asunto que nos compete, la traducción automática no es sino un signo de este afán de eliminar los obstáculos lingüísticos que nos impiden comunicarnos con quien no comparte nuestro idioma. Preguntemos a cualquiera si alguna vez ha recurrido a Google Translate y la respuesta muy probablemente será afirmativa. Pero, ¿sabemos realmente cómo funciona este aliado tecnológico?

¿Qué hay detrás de las tecnologías de traducción automática?

El mundo de la traducción está experimentando una revolución a medida que avanza el desarrollo de estas tecnologías: pueden ayudar a aumentar la productividad y la precisión y a reducir los costes de traducción y los tiempos de ejecución de los proyectos. Por tanto, se multiplican el número de tecnologías de traducción disponibles para los proveedores de servicios lingüísticos, tales como la traducción asistida por ordenador, las memorias de traducción y los sistemas de traducción automática.

Tres sistemas

Existen tres técnicas distintas de traducción automática:

  • Los sistemas basados en reglas, que combinan las normas lingüísticas y gramaticales con una serie de diccionarios. Gracias a la confluencia de ambos factores, se obtienen traducciones precisas y coherentes, y se garantiza un uso terminológico adecuado según cada proyecto y cliente.
  • Los sistemas estadísticos, que son una rama única de la traducción automática en el sentido de que no respetan las normas lingüísticas estándar, sino que traducen en base a su “aprendizaje” de los idiomas de origen y destino mediante el análisis de grandes cantidades de datos.
  • La traducción automática neuronal (NMT – neural machine translation), un sistema relativamente reciente pero cada vez más popular. Funciona de manera similar a un cerebro humano y está basada en inteligencia artificial aplicada a los procesos cognitivos, es decir, utiliza un mecanismo de autoaprendizaje a partir del análisis de todos los datos que lo alimentan.

 

Como humilde conclusión…

Hay quien ve estos sistemas como el futuro de la traducción; otros se oponen rotundamente a ellos. Muchos profesionales de nuestro sector consideran que esta revolución tecnológica será nuestra criptonita, pero no es el fin del mundo. Hay por lo menos dos razones de peso por las que incluso las máquinas más inteligentes no pueden reemplazar a un traductor humano.

En primer lugar, partamos del factor de la creatividad. Por la simple condición de un texto o documento, véase un contenido literario o publicitario, es imprescindible la intervención de un traductor humano que moldee el lenguaje y lo adapte al propósito último de un texto de dicha naturaleza: suscitar emociones (¿pues acaso existe algo más humano que las emociones?).

Y, por otro lado, no hay que olvidar el conocimiento de la cultura de destino. Los sistemas de traducción automática no son capaces de reconocer, interpretar ni localizar las referencias culturales de origen ni de destino, y menos aún los juegos de palabras. Por lo tanto, el trabajo de un hablante nativo es irreemplazable.

Por ello, nuestra conclusión de hoy es que no todo el contenido está preparado para someterse a traducción automática, así que las máquinas no podrán quitarnos el trabajo por ahora. Podemos estar tranquilos, al menos durante unos años.