La idea equivocada de que existe una lengua de signos universal está bastante extendida. Del mismo modo en que las lenguas habladas difieren entre sí, las lenguas de signos se han desarrollado de manera natural dentro de las comunidades de personas sordomudas en diferentes países y regiones, a raíz de la pura necesidad básica de comunicación e interacción.

Hay aproximadamente 130 lenguas de signos reconocidas en todo el mundo, pero posiblemente existan hasta 300, ya que muchas de ellas se forman en comunidades más o menos remotas y no reciben reconocimiento o no se llegan a documentar.

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Algunas lenguas de signos y sus peculiaridades

  • La lengua de signos británica (LSB), que hoy cuenta con unos 150.000 usuarios en el Reino Unido, fue establecida a finales del siglo XVIII y más tarde se extendió a Australia y Nueva Zelanda. Aunque mantenía muchas similitudes con el lenguaje original en cuanto a la gramática, alfabeto y vocabulario, desarrolló a su vez pequeñas diferencias y particularidades, como es natural.
  • La lengua de signos francesa, con aproximadamente 100.000 usuarios en Francia, ha sido una gran influyente en otras lenguas de signos del mundo, sobre todo en las establecidas en Europa y África, y curiosamente también en la lengua de signos americana (LSA).
  • A pesar de la lengua hablada en común, la LSA es muy diferente de la LSB, notablemente en su alfabeto dactilológico, puesto que solo utiliza una mano, a diferencia de su homóloga británica, que usa ambas.
  • En China y Japón, muchos de los signos son representaciones visuales de los caracteres gráficos.
  • En Brasil, donde hay en torno a 3 millones de usuarios, la lengua de signos recibió el estatus oficial por parte del gobierno en el año 2002.
  • En contraste, la lengua de signos indopakistaní carece de reconocimiento oficial y de apoyo.

 

Un mundo de expresión

Más que un mero conjunto de gestos, las lenguas de signos están compuestas por estructuras comunicativas muy complejas: tienen su propia gramática y hacen un uso muy interesante del espacio y la dirección de los movimientos para crear los distintos signos. Aquello que no puede verbalizar en el plano acústico, se compensa en comunicación visual, pues el uso de expresiones faciales, gestos, postura corporal y las variaciones en la velocidad y fuerza del movimiento transmite el sentido, la emoción y una viva gama de colores que podrían ser características de cualquier lengua hablada.

 

El intérprete

Las personas sordomudas viven en un mundo predominantemente oyente. Con una escasa financiación pública y privada de la educación y formación de los intérpretes y el bajo número de estudiantes, muchas instituciones que ofrecen formación en este ámbito están condenadas a terminar bajando la persiana. Como consecuencia, las personas sordomudas se ven obligadas a continuar sorteando obstáculos comunicativos a diario en situaciones que ya son delicadas de por sí. Ya sea a la hora de presentar una denuncia ante la policía, matricular a sus hijos en un centro educativo, recibir un diagnóstico médico o tener que hacer una llamada de emergencia. Por desgracia, la escasez de intérpretes cualificados y de recursos no hace sino perpetuar la frustración de las personas sordomudas.

Según la autora Cynthia B. Roy, un buen intérprete de lengua de signos debería tener determinadas cualificaciones:

  • Fluidez completa en dos lenguas (una de signos y una hablada)
  • Dominio de técnicas de interpretación
  • Un amplio conocimiento tanto general como especializado en el campo en que interpreta
  • Sensibilidad cultural
  • Conciencia y sentido de profesionalidad

 

La lengua de signos en España

En España, la lengua de signos fue reconocida legalmente como lengua oficial en el año 2007 y cuenta con alrededor de 100.000 usuarios. Sin embargo, mientras que en el norte de Europa por cada 10 personas sordomudas hay 1 intérprete, en España hay 1 intérprete por cada 143.

La Confederación Estatal de Personas Sordas está luchando para que se incluya la lengua de signos en la Carta Europea de las Lenguas Minoritarias o Regionales. Así, una reforma de la Constitución garantizaría que las dos variantes existentes en nuestro país, la lengua de signos española y la lengua de signos catalana, obtuvieran el reconocimiento merecido como dos lenguas oficiales más, y que se las declarase patrimonio cultural inmaterial.

Aun así, en términos prácticos, hay mucho trabajo por hacer para cerrar la brecha entre las personas sordomudas y las oyentes, para romper las barreras de comunicación, para garantizarles el acceso a la información, la educación, la justicia y la sanidad, de manera que puedan disfrutar de los mismos derechos humanos y vivir una vida satisfactoria y plena.